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CASTILLO DE GUEVARA

CASTILLO DE GUEVARA

Localización

La localidad de Guevara era un lugar muy estratégico, cruce de caminos dentro del territorio, desde donde se dominaban los caminos de Álava a Guipúzcoa y a Oñate (está ubicado en el municipio de Barrundia), de ahí que construyeran ahí el castillo y palacio los señores del linaje de Guevara, que tuvieron mucha fuerza en la Edad media, sobre todo desde el siglo XIII (hasta principios del siglo XIX la vía de comunicación principal de la Llanada era el llamado Camino Real de las Postas al Reino de Francia, que transcurría paralelo al río Zadorra dejando a un lado Guevara).

Descripción

Lo que otrora fuera un magnífico castillo, de acuerdo a los grabados que se conservan de él, hoy son solo unas pocas ruinas y restos del torreón y de las galerías abovedadas que discurrían bajo los muros: en los lados sur y este de los paredones que limitan el recinto, puede aún penetrarse en las galerías abovedadas que corrían por la parte baja de los muros, en donde se abren cuatro troneras y también quedan también restos de otra galería abovedada en el cuerpo alto de las murallas, vestigios de los torreones que defendían la muralla exterior, así como las puertas del lado sur. Dentro de los muros es donde estaba un recinto o patio de armas dentro del cual se elevaba el inmenso torreón del castillo, situado al oeste del patio.

El castillo-fortaleza de Guevara era un ejemplo muy importante de la arquitectura militar de la época. Fue construido en el siglo XV a imitación del castillo de Sant Angelo de Roma (aunque se supone que se reconstruyó sobre un antiguo castillo del siglo X) con buena piedra de sillería y con gruesos muros de metro y medio en donde existían los huecos de muchas saeteras.

El torreón principal era imponente, tenía un diámetro aproximado de diez metros y una sola entrada , aunque “a la altura de catorce pies (4,5 metros) se halla en el interior un boquete en la pared al que se sube por una escala levadiza de madera. Desde este portillo hasta la mayor elevación que alcanza 130 pies (40 metros) se subía por una cómoda escalera de caracol que daba entrada a varias estancias embovedadas en las que se reconocía el destino para el cuerpo de guardia, cocina, y la habitación del jefe” (datos del Semanario Pintoresco Español de 1839).

Historia

El castillo tuvo mucho protagonismo entre las guerras banderizas entre diferentes linajes de la nobleza rural, aglutinados en torno a dos familias: los Gamboa y los Oñaz, dando origen a los bandos de los gamboínos y oñacinos. Así, a los Gamboínos pertenecían las familias de los Gamboa, Guevara, Balda, Olaso, Abendaño, Ayala (en Vitoria) y Leguizamones (en Bilbao), y tenían como aliados a los agramonteses y al Reino de Navarra. Y a los Oñacinos pertenecían las familias de Oñaz, Mendoza, Lazcano, Mújica y Butrón, Calleja (en Vitoria) y Zurbarán (en Bilbao) y tenían como aliados a los beamonteses y a la Corona de Castilla. Tras las guerras de bandos, se cree que dicho castillo fue abandonado (a finales del siglo XV o en el siglo XVI)


Durante la primera guerra carlista, Guevara fue un bastión de los carlistas, acantonados en el castillo. El general liberal Córdoba tomó el castillo en 1835, pero más tarde fue recuperado por los carlistas y en represalia por la ayuda de los habitantes de la zona, el ejército gubernamental liberal, a las órdenes del general Zurbano, incendió el pueblo el 19 de septiembre de 1838. En 1839, tras ser asediados y vencidos por los liberales isabelinos (tras el Abrazo de Bergara los defensores del castillo de Gevara resistieron un sitio de 18 días, hasta el 25 de septiembre, convirtiéndose en los últimos carlistas en rendirse), quisieron que de ese castillo no quedase nada. Por ello los nuevos vencedores, al acabar la guerra en 1839, decidieron reducirlo a cenizas…

La demolición del castillo se produjo a las dos de la tarde del 30 de noviembre de 1839. El interés en destrozar el castillo por completo se puede observar al ver la cantidad de pólvora que utilizaron para derruirlo: 288 arrobas de pólvora (más de 2500 kilos). En un artículo de El Correo Nacional de la época se hacía eco del hecho de esta forma:

«Las dos de la tarde del 30 anterior era la hora designada para volar el torreón central del Castillo de Guevara y las miradas de la mayor parte de los vecinos de Vitoria y de los pueblos comarcanos, estaban fijas en el viejo alcázar, solar y cuna de los Ladrón de Guevara. Su blancura resaltaba sobre el fondo oscuro de las peñas de San Adrián, y dominando majestuosamente la llanada parecía por opinión, que sentado en el banquillo esperaba impávido y sin remordimientos la descarga de muerte. Las dos habían dado y se notaba alguna impaciencia; cuando al momento «suena un grito de admiración y todos los ojos se clavan en el enorme torreón; pero una densa nube de humo lo ocultaba á la vista, y cuando el viento lo fue disipando poco a poco el famoso Castillo de Guevara no era ya más que un montón de informes escombros».

De acuerdo a lo escrito por Pedro Ruiz de Eguino, durante la segunda guerra carlista (1872-1876), hubo un intento de reconstruir el castillo por parte de los carlistas, para lo cual se llevaron allí piedras de las murallas de Salvatierra, más de 10.000 carros de piedra salieron de Salvatierra hacia Guevara.

El Fantasma del castillo

En 1672 pasó por allí Albert Jouvin de Rochefort, cartógrafo y oficial del rey Luis XIV de Francia dejando escrito que “yendo a Heredia y después a Audicana, se ve el pueblo y el castillo de Guevara, flanqueado de torrecillas donde se alza una gran torre cuadrada en el medio, que dicen estar habitada por un duende maligno, que es la causa de que allí no resida nadie, aunque pertenece a uno de los más acaudalados de España”. Posteriormente, en 1679 pasó por ahí la escritora francesa Marie Catherine Le Jumel de Barneville, condesa d”Aulnoy, quien dejó escrito un libro de sus viajes contado que los lugareños creían que en el castillo (que ya estaba deshabitado), habitaba un duende, por lo que nadie se acercaba al mismo. La escritora entró y dejó escrito que en sus estancias no había muebles, pero que en una de sus salas se podían ver unos tapices que representaban los amores entre el rey de Castilla Pedro el Cruel y María de Padilla.

Descripción de Madame d’Aulnoy en 1679

En la Carta Segunda la condesa escribía esto:

“Desde Galareta hasta Vitoria disfrutamos de un camino más agradable que el del día anterior. Se ven las tierras cubiertas de campos de trigo y viñedos, y los pueblos a poca distancia unos de otros. Encontramos a los aduaneros que hacen nuevas gabelas cada vez que se pasa de un reino al inmediato, y los reinos en que se halla España dividida no son de gran extensión. Don Fernando me había referido que pasaríamos cerca del castillo de Quebaro (Guevara), en el cual habitaba un duende; me contó muchas extravagancias de que los naturales del país están persuadidos, hasta el punto de no haber quien se refugie bajo los techos del castillo, hacia el cual me sentí atraída, pues aunque soy por naturaleza pusilánime, no temo a los espíritus, y aun cuando algo hubiera temido, me tranquilizaría al verme rodeada por numeroso acompañamiento. Enderezamos nuestros pasos hacia la izquierda del camino, y llegamos pronto al pueblo que toma del castillo nombre. El dueño de la posada nos manifestó que el duende no gustaba de ser molestado, y si tal deseo tenía, por muchos que fuéramos nos golpearía muy a su sabor hasta dejarnos medio muertos. Estas noticias me hicieron temblar. D. Fernando de Toledo y D. Federico de Cardona, que me daban la mano, comprendiendo mi susto, se echaron a reír. Me avergoncé y fingí tranquilidad. Entramos en el castillo, que sería muy hermoso con un poco de cuidado para evitar su lenta destrucción; falto en absoluto de muebles, sólo vimos en ancha sala unos tapices que representaban los amores de D. Pedro el Cruel y D.ª María de Padilla. Veíase a esta señora sentada como una reina, entre varias damas, y al rey poniéndole sobre la cabeza una corona de flores. En otro lugar ella descansaba en un bosque, a la sombra de un árbol, y el rey le ofrecía un halcón. También la vimos vestida en traje guerrero; el rey, armado, le ofrecía una espada, lo cual me hace pensar si Doña María siguió a D. Pedro en alguna campaña. Todas estas figuras estaban mal dibujadas, pero D. Fernando me advirtió que los retratos verdaderos de aquella dama la representaban como una mujer encantadora, la más atractiva de su siglo. Subimos a una torre sobre la cual se alzaba el torreón donde habitaba el duende, pero, por lo visto, estaría éste de paseo, porque allí nadie notó su presencia. Después de recorrer la extensa fortaleza, volvimos a tomar nuestro camino.”